Devaluación y Limitación de precios por el Estado

Alberto Rouco

1/23/20263 min read

El imperio romano, al crecer de manera exponencial, necesitó cada vez más dinero para el control del propio estado:

Soldados que protejan las fronteras y, sobre todo, que controlen a las poblaciones conquistadas en territorios muy lejanos a Roma.

Logística compleja apoyada en enormes obras públicas, incluyendo la construcción y mantenimiento de las calzadas romanas, pero también costosos edificios que sirvan de testimonio del poder romano.

Y una enorme burocracia para mantener el control de todo ello.

Llega un punto en que el Estado no posee ni es capaz de generar la riqueza que necesita para pagar sus gastos. En lugar de reducir estos gastos, opta por engañar al pueblo. Lo hace reduciendo el valor real de las monedas (el contenido en plata de sus denarios) pero manteniendo su valor nominal (ficticio). Mientras el pueblo no se percata del engaño, todo va bien. Dicho de otro modo, mientras todos siguen creyendo que el dinero vale lo que el estado dice (aunque sea mentira) todo sigue igual.

El problema es que, una vez se entra en este juego, es muy difícil parar. Cuando se reduce la proporción de plata un 5% y el peso de la moneda otro 5%, es posible que nadie note nada y, que los pocos que lo noten, lo acepten. Pero cuando continuas degradando la moneda hasta que la proporción de plata no llega ni al 5% y aún reduces su peso, hasta el más inocente ciudadano descubre que le están estafando. La confianza se pierde, la inflación crece sin freno y la moneda pierde casi todo su valor.

El Estado romano fue el primero en despreciar su propia moneda (claro, los gobernantes y sus funcionarios sabían mejor que nadie que su moneda ya no valía nada) y exigir que se le pagaran los impuestos en especias. Gran ejemplo que cundió entre los comerciantes y entre todo el mundo. O se exigía una enorme cantidad de monedas por los mismos servicios (inflación galopante) o se exigía el pago en especias (lo que significa volver al trueque, cosa imposible como base general de las transacciones en una sociedad avanzada y compleja como la romana).

Y de nuevo, en lugar de afrontar el problema de la única manera posible: generando riqueza y disminuyendo gastos hasta recuperar el equilibrio, el estado romano liderado por el infausto emperador Diocleciano decide combatir la inflación desbocada ordenando limitar los precios.

Ay cuando un "sabio" gobernante decide controlar la economía del mundo y determinar personalmente cuanto deben valer las cosas. Obviamente, decide que las cosas deben valer menos de lo que realmente valen. Simplemente para que se puedan seguir pagando con sus monedas, que ya no valen nada (o casi nada). Entonces impone unos precios que arruinan a los productores, a los propietarios y a los comerciantes. Y estos ya no venden! Si tengo un pollo para vender que vale 10gr de plata y me exigen que lo venda por 10 denarios, que valen 1 gr de plata, pues no lo vendo, o se lo vendo ilegalmente a quien me pague 100 denarios (el riesgo es que, si me descubren, mi venta ilegal se paga con la pena de muerte – ¡esto fue real!) o lo cambio por 3 docenas de huevos (es un trueque razonable).

Los comerciantes más adinerados dejaron de vender (acumularon toda la mercancía no perecedera posible a la espera de nuevos tiempos mejores) y se multiplicó el trueque para los productos perecederos (difícilmente controlable por el estado que entonces pierde ingresos por impuestos) que aún devalúa más el valor de la moneda. Cuando los comerciantes retiran productos del mercado para no venderlos por un infraprecio, llega la escasez y, a continuación, las revueltas.

Lo siguiente es evidente: los soldados dejan de arriesgar su vida por una cantidad de monedas que nos les permite vivir, los trabajadores dejan de construir y de mantener las infraestructuras, el Estado no puede pagar ni a sus propios funcionarios y burócratas. Y todo se desintegra, las provincias se independizan una tras otra o son conquistadas por sus vecinos, la sociedad se colapsa y toda la estructura del estado desaparece. Vuelta a empezar…

El Edicto sobre Precios Máximos de Diocleciano (301 d.C.), o Edictum De Pretiis Rerum Venalium, fue una medida extrema dictada por el emperador romano para frenar la inflación, fijando precios máximos y salarios para más de 1.300 productos, incluyendo el oro, alimentos, vino, seda, ganado y esclavos, y servicios, incluyendo transporte, educación y jornaleros y artesanos. Buscaba combatir la especulación, pero provocó desabastecimiento y mercado negro a pesar de los severos castigos que llegaban hasta la pena de muerte.

Fue una de las intervenciones estatales más famosas de la historia romana y muestra muy bien las consecuencias del intento de control centralizado ante una crisis inflacionaria.

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